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martes, 31 de julio de 2012

A medida que creces, aprendes que no hay monstruos en el armario y que los Reyes Magos no te vigilan para ver todo lo malo que haces, que los malos no son tan malos y los buenos no son tan buenos. Aprendes que no existen príncipes azules, que todos son unos cabrones y los que van de perfectos, tan solo son cabrones disfrazados. Creerme, he aprendido que los conciertos están para dejarse los pies y la voz, que los besos a escondidas saben mejor, que un baño de agua fría a veces sienta tan bien como uno de agua caliente, que el mundo está plagado de personas geniales y a la vez, también hay personas que no merecen ni ser llamadas personas. También sé que hay personas que ya ni te saludan después haber estado infinitas noches, hasta las tantas de la madrugada, hablando de estupideces, que todo el mundo tiene en su Facebook gente que le cae mal pero que no le borra solo para cotillear su vida, que el maquillaje muchas veces hace milagros y que el amor se divide en fases (me gusta, me encanta, le quiero, le amo, le odio, que se muera, indiferencia y olvido). Sé que los tacones a las seis de la mañana en una fiesta ya no están en los pies, que las medias se rompen muy fácilmente y que el pintalabios rojo no se quita de las camisas blancas. Que decir "es una larga historia" es sinónimo de "no me apetece una mierda contarla", que hay canciones que te recuerdan justo eso que intentas olvidar, pero sobre todo, lo más importante que he aprendido es que sé que cuando una chica te dice "no te preocupes, estoy bien", en realidad no lo está. ¡Abrázala imbécil!

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